SECCIÓN 3: FLUIR RAPIDO (GEKIRYUU)

SECCIÓN 3
GEKIRYUU [UN RÁPIDO FLUIR]

1. Malice Mizer Dattai no Shinsou
[La Verdad Sobre mi Marcha de Malice Mizer]

Cuando hablo de Malice Mizer, incluso ahora siento una mezcla complicada de emociones. Aunque seguí en solitario, una parte de mí espera que algún día pueda volver a hablaros sobre Malice Mizer.

Malice Mizer es algo de lo que aún me siento muy orgulloso y no cambiaría nada de aquello. Como grupo, me enorgullecía de las muchas y variadas cosas que conseguimos representar, y sus miembros eran también extraordinarios de forma individual.

Cada uno de ellos no era sólo una parte de un grupo de cinco, llamado Malice Mizer. De la unión de aquellas cinco personas surgía el poder que era Malice Mizer. A causa de esto, cada uno adquirió la capacidad de seguir una carrera en solitario. Desde el momento en que me uní a ellos, no cesé de decirles esto. ¡Si podíamos lograr hacer aquello, Malice Mizer conquistaría Asia! Esa era la imagen que tenía para la banda.

Me uní a ellos en el otoño del 95, y Malice Mizer, que estaba experimentando unas condiciones que los había llevado al borde de la disolución, comenzaron una gira de “renacimiento”. Pasaron casi dos años hasta nuestro debut oficial. Incluso realizamos nuestro sueño de toar en el Budoukan.
Malice Mizer lo consiguió. Fuimos capaces de conquistar Asia. Pensé que nada podía salir mal con mi sueño. Sin embargo… hubo, obviamente, un punto desde el cual nuestros engranajes comenzaron a salirse de su lugar.
En aquella época nos acercábamos al final del período del “boom” del “visual kei”. Aunque muchos grupos no querían decir que eran visuales, yo lo decía claramente: “Somos visual kei”. Nadie tuvo problemas con que dijera eso.
Con toda honestidad, no me importaba lo que la gente dijera. Si tengo mis propias creencias y los demás desean censurarme por ello, no me importa lo que hagan.
Si ahora pienso en ello, la causa de la ruptura de Malice Mizer fue mi propio individualismo y confianza en mi mismo, y la amplia diferencia entre las preocupaciones personales de los miembros del grupo.
La primera vez que nuestras relaciones se volvieron tensas fue cuando se acercaba el concierto en el Yokohama Arena (Julio del 98). La gota que colmó el vaso fue que había escrito la música para “Le Ciel”. Hasta entonces, mi cometido era escribir las letras y Mana o Közi se encargaban de la música. Con “Le Ciel” fue la primera vez que me encargaba tanto de la música como de la letra. Entre nosotros, yo era el único que hacía ese tipo de cosas, aislándome por completo de los demás.

Cuando me di cuenta de eso, me quedé sorprendido. Me enfrenté con los demás miembros de la banda y nos separamos de manera cordial. No hubo mediador y nadie me pidió explicaciones.

Aunque, algún tiempo después me dije “¿No debería haber hecho lo que hice con “Le Ciel”, lo cierto era que deseaba volver al grupo. Pero, al final, eso no ocurrió.
Pero, por encima de todo, el problema era el dinero. El dinero es algo terrible. Lo aprendí cuando trabajaba de relaciones públicas. De pronto, si ganas un montón de dinero, pasas a la fase en la que no te importa el valor de nada.
Por ejemplo, hay personas que tienen un modo de vida de 150,000 yenes al mes. La comida cuesta 500 yenes, la cena 1000 y, ocasionalmente, gastarán 3000 en algún capricho. Pero, un día despiertan y, de pronto, sus ingresos se han multiplicado por cien y terminan ganando 15.000.000 al mes… ¿Qué pasa entonces?
Ahora de todo se reduce a una centésima parte. Los 500 yenes de la comida se gastan como si fueran 5. Por esta regla, gastar 3000 yenes en la cena diaria no es un problema, ¿verdad? Así piensa la gente. Sin embargo, los 3000 yenes que te parece que estás gastando son, en realidad, 300.000.
Esa forma de sentir está cerca cada vez que ganas montones de dinero de repente. Del precio de la etiqueta es como si quitaras dos ceros. Si es una camisa de 28.000, parece que se quede en 280. Así que, gastar dinero es normal.
Cuando estaba en Kyoto, mi sentido de las finanzas estaba un poco desquiciado y desarrollé un hábito de comprar de todo. Estaba en la posición mental de “no pasa nada, tengo dinero”. Sin embargo, cuando esto sucede, tu círculo de amistades cambia. Los amigos que has tenido hasta la fecha se retiran y la gente queda detrás son los que su único propósito en la vida es el dinero.
Si ganas dinero, aparece una sensación de “¿no me pasará ninguna desgracia?”. Sin embargo, no es ese el caso. No se capaz de librarte de la obsesión de ganar dinero es lo que te hace una persona infeliz. El dinero despierta un extraño sentido, como un chorro de agua caliente, y los que no lo tienen no piensan en ello.
Después de irme a Tokio, dejé el trabajo de relaciones públicas y crupier. Lógicamente, me quedé en seguida sin dinero. “¿Are?”, dije. Estaba completamente arruinado. Entonces no podía creerlo. Cuando vi lo que quedaba en mi cuenta, fue una sensación tan extraña que pensé: “¡Tienen que haberme robado!” No había dejado de pensar en las camisas de 30.000 yenes como si fueran de 300, pero es que ni siquiera ganaba esos 300…
Al cabo de algún tiempo, uno llega con amargura y arrepentimiento a la fuente de esa sensación. Y entonces, te ves reflejado y dices “¡qué estúpido he sido!”
El dinero vuelve loca a la gente. En verdad, mi propio egoísmo me estaba volviendo loco a mí.
Gracias a esta lección, cuando Malice Mizer alcanzó el éxito y todos estábamos haciendo un montón de dinero, mi corazón no se inmutó. Pero eso no fue así para todos.
Cuando ganas mucho dinero, algunas personas se apartan de ti y otras se acercan. Cuando eso sucede, surgen los rumores y la gente cambia. En el grupo, cuando comenzamos a hacer dinero, les conté a los demás los errores que yo había cometido en el pasado. Les dije: “El dinero os hará hacer cosas extrañas. ¡Despertad, por favor!”
Pero parecía que no comprendían mis verdaderas intenciones. Si no lo experimentaban una vez, por sí mismos, probablemente no sabrían de qué estaba hablando. Confiaba en que, algún día, se darían cuenta de esto.
Entonces, un día de 1998, cuando empezábamos a dejar atrás el calor del verano, celebraron una reunión con los miembros del grupo. Aunque, normalmente, a las reuniones sólo acudían los componentes de la banda, ese día, cuando llegó la hora señalada, todos mis compañeros y el presidente de la compañía estaban allí, esperándome.
– ¿Qué hace aquí el presidente? –pregunté.
Y alguien contestó:
– Porque Malice Mizer se ha terminado.
¿Eh?
Y, justo después de que pensara eso, lo dijeron:
– Ya no podemos seguir trabajando contigo.
En ese instante, no sentí gran cosa. Así que, dije que me gustaría que Malice Mizer continuara aunque yo me marchara. Pero la respuesta del grupo fue, en todo caso, que serían incapaces de hacer eso.
Muy bien, no diré más. No voy a insistir.
En este caso, no podía decir eso. Si este era el final, también había un modo de evitarlo. No importaba qué ocurriera al final, ¿podría cerrar el telón ante las narices de los fans que me habían apoyado hasta ahora? Aquello era lo más importante.
Mientras yo decía aquello, alguien comenzó a decir cosas desagradables.
– ¿No te basta que hayamos sacado un CD? Al menos se está vendiendo…
Me enfurecí ante esas palabras.
-¡No me vengas con esas! ¡No podéis burlaros así de los fans!
En mi enfado, me levanté y me fui. La tristeza que sentí entonces fue, en mayor parte que la rabia, la responsable de que hiciera lo que hice. Me sentía miserable.
Esa es la verdad de por qué dejé Malice Mizer.
No pretendo echar las culpas a nadie con esta historia. Fue un problema por estar ganando demasiado dinero. Por las diferencias de conciencia de los miembros del grupo. Por una poderosa obsesión. Malice Mizer = lo que una vez fui = una ansiedad que me hacía ser lo que no era. Había cosas que pesaban poderosamente sobre nosotros, y se convirtieron en un círculo vicioso que acabó hiriéndonos a todos.
Entonces no hubo otra salida… eso es lo único que creo.

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SECCIÓN 3
GEKIRYUU [UN RÁPIDO FLUIR]

2. Kami o Ushinatte
[Perder a Kami]

Fue justo antes del inicio del verano. En medio de una sesión de fotos, de pronto me sentí horriblemente mal. Estaba mareado y no podía mantenerme en pie. Pensé que tenía algo que ver con mi intuición. Si algo le había ocurrido a alguno de mis seres queridos…

Llamé a todos mis amigos y parientes. Todos me dijeron que no había pasado nada malo. No ocurría nada. Pero aquella extraña desazón no me abandonaba.

Cuando mis amigos y familia se marcharon y me quedé solo de nuevo, sucedió un extraño fenómeno. Sentí la absoluta certeza de que alguien había muerto. Pero quién, no lo sabía. Aunque era muy doloroso. Me dolía respirar y mi respiración se volvió muy irregular, hasta el punto de que no podía ocuparme de ninguna de mis actividades cotidianas.

Sabía que era algún tipo de premonición. Después de aquello, llamé a los miembros de Malice Mizer con los que aún hablaba.

-¿Le ha pasado algo malo a alguno de vosotros? –pregunté, frenéticamente, pero todo lo que dijeron fue:

– Los he visto hoy y parecían estar bien.
Pero incluso entonces mis miedos no se disiparon. Fui a ver a otras personas cercanas a los miembros de Malice Mizer. A pesar de que era media noche, me dije que pronto iba a confirmar si algo le había pasado a alguno de ellos. Pero, al final, no confirmé nada.
Una semana después, se hizo oficial el anuncio de la muerte de Kami.
“El 21 de junio de 1999, Kami, batería de Malice Mizer, falleció a causa de una hemorragia cerebral.”

Aunque me enteré de esto más tarde, desde el momento inmediato a la muerte de Kami ya había empezado a sentirme mal.
Al final, me enteré de la muerte de Kami a través de los rumores. El funeral ya había pasado cuando las noticias llegaron hasta mí.
Fue exactamente en mitad de una grabación, y me encerré a solas en el estudio. No podía fijar mi mente en nada. Pero tenía que mantenerme ocupado, me dije a mí mismo. Si no hacía nada, todo se volvería extraño…
Había demasiado que lamentar.
¿Por qué no había llamado a Kami directamente? Durante todo aquel tiempo que había pasado preocupado, ¿por qué no traté de hablar directamente con Kami?
Aún no he terminado de hacerme mayor. Mientras me convierto en adulto, maestro mis sentimientos abiertamente y eso suele causarme problemas, así que me pregunto si alguna vez podré acercarme a otras personas. Los niños no se plantean dos veces la posibilidad de herir a los demás. A causa de esto, sus relaciones son breves. Pero cuando los tempestuosos sentimientos de los adultos pasan, observan la situación con calma, comparando las cosas objetivamente, y se deciden por la amistad.
En aquel tiempo, yo no sabía hacer eso. Nunca encontramos una buena interpretación de las circunstancias y nos enfrentábamos el uno al otro. Básicamente, no estaba seguro de si quería enfrentarme a él.
Incluso antes de eso, ¿cuántas veces había tenido una mala premonición? Y, cada vez, aunque Kami y yo estábamos conectados a través de otras personas, al final, nunca llamaba a Kami directamente. Ahora me pregunto si no nos atrevíamos a llamarnos porque ambos éramos tan obstinados e inseguros como un par de niños.
Pero si le hubiera llamado aquella vez…
Es posible que no hubiera podido hacer nada tampoco. Es posible que sea presuntuoso por mi parte pensar que podría haberlo hecho. Ahora ya no importa.
Si hubiéramos hablado directamente…
La primera vez que fui a casa de los padres de Kami, fue al año siguiente, en su cumpleaños. El 1 de febrero. Pensé “quiero ver a Kami de nuevo. Quiero ver su tumba.” No pude ir a su funeral. Quería unir mis manos y, por encima de todo, quería verle.
Sabía en qué pueblo vivían sus padres, pero no sabía exactamente dónde estaba su casa. Así que recorrí las calles en coche y pregunté a los vecinos que fui encontrando. Aunque todo el mundo decía “está cerca”, aquél era un pueblo bastante grande y rústico, así que, al cabo de un rato, fui eligiendo casas al azar y tocando timbres, preguntando cosas como:
– Estoy buscando a alguien. ¿Conocen a estas personas? He oído que viven por aquí, en este vecindario…
Dejé Tokio por la mañana y llegué a la Prefectura de Ibaraki alrededor de mediodía, y pasé el resto del día buscando. Finalmente, conseguí la dirección del lugar y llegué a la casa hacia las 7 de la tarde.
Me preguntaba: “¿Me reconocerán cuando abran la puerta?” Los padres de Kami habían asistido a un montón de conciertos, así que me reconocieron de inmediato.
– Entra, nos alegramos de que hayas venido – dijeron, y me invitaron a entrar. Eran tan amables, que rompí a llorar y fui incapaz de parar.
Todos en la casa se habían sentado a cenar y, mientras compartían su comida conmigo, sus padres me contaron muchas historias. Escuché varios relatos de cuando Kami era niño. Al final, me dijeron:

– Aunque nosotros no lo olvidaremos, tú nos has dado una prueba de que él vivió, y eso nos da la voluntad para seguir adelante.
Al oír aquello, me sentí liberado. Lo que me permitía continuar a mí era prueba de que Kami había vivido.
Después de aquello, cada año, en el día del cumpleaños de Kami y en el aniversario de su muerte, voy a visitar a sus padres. Ellos me dijeron “ven cuando quieras” y es posible que abuse de ese privilegio un tanto.
Aunque creo que sería bueno para mí visitar su tumba más a menudo, al final, sólo voy el día de su cumpleaños y en el aniversario de su muerte.
Sin embargo, con todo lo que había pasado, su madre y su padre me dieron la bienvenida, y ahora me siento como si ellos también fueran mis padres. Sus padres también me consideran uno de sus hijos. Creo que es como si vieran en mí a Kami.
Aquel primer año, hubo mucha gente que fue a visitar su tumba, tanto el día del aniversario de su muerte como en su cumpleaños. Han pasado cuatro años y, poco a poco, la gente ha dejado de acudir…
Si vas, no lo hagas porque sea lo que está de moda. Si vas a visitar su tumba, no lo hagas porque desees que vuelva a la vida.
Pero…
Para mí, pensar que la gente puede acabar olvidándole, es… tan doloroso.
Hasta el día de hoy, no he dejado jamás de perseguir el sueño que Kami dejó sin finalizar. Esa es prueba de que Kami existió en esta tierra, prueba de que vivió.
Incluso ahora, Kami sigue viviendo dentro de mí…

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3. Saishuupatsu o Chikatta Okinawa Gasshuku
[La Promesa de un Nuevo Comienzo en el Campo de Entrenamiento de Okinawa]

El verano del año que inicié mi carrera en solitario, me fui con todos los miembros de mi banda a Okinawa. No me encontraba en muy buena forma, así que nos quedamos en un campo de entrenamiento de Okinawa durante cuatro meses y medio, para sanar mi cuerpo y mi espíritu.

Se trataba de un campamento dedicado al entrenamiento físico. En un lugar donde no había mucho de nada, nos despertábamos a las 8 o 9 de la mañana, salíamos a correr hasta llegar a la playa, entrenábamos y regresábamos.

Entonces nos poníamos a escribir canciones y, cuando llegaba la noche, salíamos a correr de nuevo, cenábamos, nos tomábamos un descanso y seguíamos componiendo hasta el amanecer. Este ciclo se repetía a diario.

El propietario de uno de los pequeños restaurantes que frecuentábamos, siempre nos saludaba con una sonrisa y un “¡Ganbatteru ka~!”. A mí me decía: “¡Practica con empeño!”

Por algún motivo, parecía creer que éramos parte de un equipo de karate de Tokio.

Cuando entrenábamos, no salíamos sólo a correr, sino que también practicábamos boxeo con sacos de arena y, equipados con protecciones, hacíamos lucha mano a mano. Todos los miembros de mi banda aprendieron las bases de las artes marciales. A causa de esto, sus manos estaban siempre extremadamente cansadas.

Con esto, se explica por qué el dueño del restaurante creía que éramos miembros de un equipo de karate.

Todos los miembros del grupo son altos. Mis tres guardaespaldas, a los que traje con nosotros, medían de 1,85 a 1,90 m. Comparado con ellos, con mis 180 cm, yo era el más bajo y delgado.

A causa de esto, el dueño del restaurante, creía que yo era un simple aspirante a entrar en el equipo.

– ¡Ganbare, equipo de karate! ¡Espero que pronto te conviertas en un miembro regular!
Cada vez que me decía eso, tenía que recordarme a mí mismo que debía mantener la calma.
Uno de mis objetivos al ir a Okinawa era componer los temas para mi álbum, pero tanto mis compañeros de grupo como yo deseábamos también fortalecernos físicamente.
La primera mitad del año del inicio de mi carrera en solitario, no fue desde luego un camino de rosas. Había estado bajo tanta presión y exceso de trabajo que había estado sufriendo de insomnio. Los demás también estaban exhaustos por el estrés.
Así que, cuando sentimos que era el momento de recuperarnos en salud, mis parientes de Okinawa nos echaron una mano.
Hasta entonces, no había vuelto a Okinawa en diez años. Una parte de mí siempre había mantenido aquella ciudad a distancia.
Había una parte de mí que negaba mi herencia, pero también otra parte que deseaba proteger esa herencia. Me sentía orgulloso de ser de Okinawa y de la raza de Ryukyu (El Ryukyu es un dialecto que sólo se habla en la isla de Okinawa y se considera una lengua totalmente aislada del japonés actual, aunque tiene relación con el japonés antiguo. También es el nombre original de Okinawa). Por otro lado, una parte de mí, se sentía avergonzada de eso.
Siento un enorme respeto por mi bisabuelo. Nunca lo conocí, por supuesto, pero me han dicho que revitalizó la ciudad y que fue el padre fundador de mi familia. La adoración a los ancestros sigue presente en Okinawa y, para mi familia, mi bisabuelo es como nuestro “dios”.
Aunque todo el mundo en mi familia parece diferente, algo que todos dicen es que yo soy físicamente idéntico a mi bisabuelo. Dicen que todo el fenómeno espiritual que me sucede también le ocurría a él.
Hay una palabra, “kamidari”, en la lengua de Okinawa. Allí, los que convocan espíritus y escuchan las voces de los dioses son, principalmente, mujeres y reciben el nombre de “shiro”, “noro” o “yuta”. Es muy poco habitual que un hombre nazca con esas habilidades.
Mi bisabuelo fue uno de esos hombres que experimentaban a menudo estas habilidades “kamidari”. Esto significa que era capaz de ver cosas antes de que ocurrieran.
Cuando era un niño me contaron esto y, aunque respetaba a mi bisabuelo, al principio no me gustaba la idea de dioses y fantasmas.
Hubo veces en las que me dejé llevar por mi orgullo. En momentos como aquellos, hubiera deseado apartar a Okinawa aún más lejos de mí.
Todo el asunto del campo de entrenamiento de Okinawa comenzó con esto:
En mi familia, en el grupo de “shiro” al que pertenecemos, la más poderosa es mi abuela. Ella vino al campamento y me dijo lo siguiente:
– Por fin has vuelto a casa. Ve a ver la tumba de tu bisabuelo. Después, haz lo que creas correcto. Porque no necesitas preocuparte. En lugar de eso, cuando la gente necesite tu fuerza, préstasela de buena gana. Vuelve a casa de vez en cuando, visita la tumba de tu bisabuelo y déjale ver tu sonrisa. Eso es lo que debes hacer.
Me resultó difícil entender aquellas palabras. No creía en lo espiritual, así que, ¿de qué estaba hablando? También dijo más cosas. Reunir mis espíritus… cosas como esa.
Dijo que me había enfrentado a la muerte de forma constante porque no me había ocupado de mis espíritus. La gente tiene muchos espíritus y, cuando los pierdes todos, es cuando mueres. Sin embargo, cuando sucede algo traumático, sin saberlo, uno deja un espíritu atrás en el lugar donde sucedió. Eso fue lo que me dijo mi abuela.
Cuando tenía siete años, estuve a punto de ahogarme en el mar de Yanbaru. Ella dijo que estaba segura de que yo había dejado uno de mis espíritus allí, y que por eso iba a ir a recuperarlo.

Sí… esa fue la primera vez que oía algo sobre perder un espíritu. Me daban ganas de decirle: “¿Cuántos años han pasado desde que tenía 7? Di rápido lo que tengas que decir.”

Las ceremonias y rituales no significaban nada para mí. “¿Se supone que tengo que tragarme todo esto?”, me dije.
Siempre había negado todo lo relacionado con la magia o la brujería. No es que ahora crea en nada de eso. Es sólo que ya no lo niego. Me he dado cuenta de que, leyendo entre líneas todo que dijeron mi abuela y mi bisabuelo y los miembros mayores de mi familia, entonces se le encuentra un significado.
Lo que experimenté de niño no me trae agradables recuerdos. Son muy dolorosos. A causa de eso, desarrollé esa negación hacia todo ello.
Sin embargo, en aquel campo de entrenamiento de Okinawa, siendo un descendiente de aquellos miembros de mi familia, sentí que había encontrado una actitud de aceptación hacia mi cultura.
Creo que es por eso que ahora soy capaz de mirarme a mí mismo a los ojos en el espejo. Mi sonrisa en el espejo se volvió feliz. Hasta entonces, no había querido verme a mí mismo, pero finalmente fui capaz de hacerlo. ¿Debería decir que aprendí a aceptarme a mí mismo como realmente soy…?
Ahora, cada año, durante mi visita a la tumba de mi bisabuelo, regreso a Okinawa a dejarme ver por mi familia.
Cuando pienso en ello, desde que dejé Tokio, dondequiera que fuera me contenía y seguía soportándolo todo con paciencia. Me había convencido a mí mismo que tenía que hacerlo así.
Sin embargo, cuando fui a Okinawa, mi abuela me dijo: “Fuiste llamado y viniste a casa. Ahora, una vez más, comienza de nuevo desde aquí.” Cuando dijo aquello, volví a sentir que mi corazón volvía a regocijarse.
Gracias a esto, puedo por fin luchar. Sentía como si un enorme peso me hubiera abandonado. En lugar de reprimirme por completo ante las circunstancias que me rodean, plantar cara y avanzar se ajusta mucho más a mi carácter.
Fue entonces cuando decide ser el líder de mis compañeros de grupo, pelear y seguir avanzando en línea recta con la visión que tenía de mi carrera en solitario.

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4. Saigo no Soumatou
[La Última Linterna Giratoria]

Nos quedamos en la casa rural de Okinawa durante 3 meses.
A 3 o 4 minutos en coche, desde la oficina principal, se llega a una isla. Más allá de esa isla, se puede ver otra. Aunque, normalmente, se utiliza una barca para llegar a esa otra isla, yo empecé a plantearme si podría llegar allí a nado.

Debido a que casi me ahogo de niño, siempre me ha producido pánico el océano. Eso no significa que no sepa nadar. En aquella casa rural, se me metió la idea de que iba a vencer mi miedo al mar.

Nadé la mitad del camino y luego regresé. Cada día hacía eso, diciéndome siempre: “¡Hoy conseguiré llegar a esa isla!”

Salía a nadar con el teclista de mi banda.
Aquel día, la marea estaba más lejos de lo normal, y las olas eran más altas.
Cuando miré a mi alrededor, no había nadie. Nos habíamos separado.
¿Se habría adelantado? ¿Habría regresado? ¿Habría llegado hasta aquí y dado media vuelta?
Flotando en la mar picada, me angustié sobre esto durante un momento, pero como había prometido que llegaría a nado hasta la isla, volví a ponerme en marcha hacia ella.
A duras penas, conseguí llegar a la isla. Mi teclista no estaba allí. Deambulé por allí, buscándolo durante un rato, pero no pude encontrarle. Todo el tiempo me decía que seguro que había dado media vuelta y regresado antes que yo, pero la ansiedad no abandonaba mi mente. ¿Estaría a salvo?
Regresé de inmediato.
El trayecto de vuelta fue muy intenso. Las olas eran cada vez más fuertes y me di cuenta de que no pasaría mucho antes de que me arrastraran hacia mar abierto. Mientras nadaba, con todas mis fuerzas, fui tragado por las olas.
“Ah, voy a morir.”
En mi mente, aquella linterna giratoria volvió a dar vueltas. Fragmentos de recuerdos, desde mi infancia hasta aquel momento, emergieron a la superficie uno tras otro. Junto a esos fragmentos flotaban los rostros de diferentes adultos. Amigos, fans que me habían animado, el equipo, mi familia…
“Lo siento mucho. Perdón por morir así.”
Me disculpé con todos. Mientras me sumergía, comencé a perder la consciencia… y entonces, de pronto, la linterna se detuvo.
Mientras me volvía consciente de mi muerte, la idea del sexo apareció de pronto en mi cabeza.
Durante los tres meses que llevaba en Okinawa, no había tenido ninguna relación. Estaba siempre entrenando y componiendo. No había tenido contacto con ninguna mujer.
“¿Realmente puedo morir así?”, me susurró mi instinto. “Si vas a morir, que sea después de hacerlo.”
En aquel momento, mi consciencia se aclaró y, como en un sueño, comencé a nadar. Ni siquiera sabía hacia si iba hacia arriba o hacia abajo, pero seguí nadando. En el momento en que alcancé la superficie del océano, vomité toda el agua salada que había tragado. Así, recuperé mis sentidos de nuevo.
“¡Tengo que rescatarle!”
Olvidando que casi acababa de ahogarme, lo único que tenía en mente era el chico del que me había separado.
Cuando por fin alcancé la playa, el sol se estaba poniendo. Como habíamos salido hacia la isla a mediodía, me di cuenta de que habíamos estado fuera mucho tiempo. Estaba exhausto por haber usado todas mis fuerzas, pero eché a correr. Fue un largo camino desde donde estaba hasta el punto del que habíamos salido.
Por fin llegué al punto de salida, pero el teclista no había vuelto. Incluso pensé en botar una lancha para salir a buscarle.
Mientras estaba haciendo los preparativos, él regresó por sí mismo. Fue cerca de una hora después de que yo llegara a la playa.
Después de todo, no había alcanzado la isla, sino que, a medio camino, las olas le habían enviado al fondo. Por más que había forcejeado, no había conseguido avanzar, y parece que nadó hacia un petrolero que había visto desde lejos. Alcanzó la orilla a unos tres kilómetros de allí y regresar andando le había llevado su tiempo.
De todos modos, ambos nos alegramos de estar a salvo. Los demás miembros del grupo nos dijeron cosas del tipo: “Eso fue una estupidez,” “Al menos, ya habéis vuelto” y “¡Cómo podéis ser tan temerarios!”
Aquella noche, mientras los dos reflexionábamos sobre lo que había pasado, estuvimos viendo “Titanic.”
La escena en la que DiCaprio se hunde en el océano helado coincidía perfectamente con lo que me había pasado a mí.
En aquel instante, por primera vez, sentí verdadero miedo. A partir del día siguiente, no volví a acercarme al océano y dejé mi entrenamiento de natación. Aunque había creído que podría vencer al mar, ahora me daba aún más miedo que antes. Menudo desastre.
Esa vez, pensé: “No puedo morir sin haber tenido sexo antes.” Si lo hubiera hecho el día antes, entonces, mientras veía la linterna giratoria en el último momento, había muerto.

Sin embargo, aunque pensé que probablemente iba a morir, mi cuerpo respondió: “¡Maldición, no puedo morir así! ¡No puedo morir sin haber dejado descendencia!” Y, en el último momento, reaccioné.
Por primera vez, comprendí la razón de que, a menudo, los boxeadores se abstienen de sexo la noche antes de un combate.
Esa fue la última vez que vi la linterna giratoria. Hace 3 o 4 años desde entonces. Con el fin de reconocer mis propios límites, pensando en cuándo me había empujado a mí mismo hasta el límite de la muerte y había visto la linterna giratoria, cambié mi forma de ser.
Cuando era niño, pensé que quería convertirme en terrorista. Iba a destruir por completo la vida humana. Quería borrarlo todo. Las personas eran las armas del mundo. Eran lo más inútil que había sobre la faz de la tierra.
Si hoy me preguntáis si he cambiado de idea, no fue por lo que pasó. Si la existencia de los humanos los convierte en las armas del mundo, incluso ahora, sigo creyendo lo mismo, en parte.
Sin embargo, ¿eso es todo?
Negar eso sería fácil. Pensar en ello, negarlo, no supone nada. No requiere un gran esfuerzo. Vivir no tendría sentido. Ciertamente, los humanos pueden ser las armas del mundo. Si eso es cierto, para convertirnos en otra cosa, ¿no tendríamos que esforzarnos más? No sólo pensar en ello o fingir; experimentándolo comenzamos a ver las cosas que están mal. ¿No es ese el sentido de haber nacido en este mundo?
Eso es lo que creo. Esa es la clase de persona que soy ahora.
Cuando quería ser terrorista, era agresivo y rebelde. En el océano de Okinawa, cambié mi punto de vista sobre la vida. Tenía que seguir luchando. No podía hundirme sin más. Tenía que seguir a flote.
Mientras flotaba a solas, pensé en mis amigos. Hubo una época en la que ansiaba tener amigos. Me sentía inferior y era una época en la que no confiaba en nadie ni en nada. Sin embargo, aún seguía esforzándome, luchando contra la soledad y contra mí mismo.
Al regresar a Tokio, me reuní con el miembro de mi equipo en el que más confío. Es como mi brazo derecho. Hablé con él y le conté esto:
Al principio, cuando regresé de Okinawa, me sentía como un frágil cristal que se había quebrado. Era como si tuviera miedo incluso de hablar. Estaba siempre con los nervios a flor de piel. Me sentía tan mal que era como si proyectase un aura de “si me tocas, te mato.”
Aunque estaba a solas, estuve luchando hasta el final. Estaba lleno de coraje y energía.
Ese coraje motivó al miembro del equipo con el que estaba hablando.
“Si fuera él, ¿no haría algo por mí? Si fuera yo, ¿no hay nada que pudiera hacer por él?”, empecé a pensar.
A causa de mi esfuerzo, hice un amigo. Ahora, es el miembro más importante de mi familia.
Poco a poco, comencé a cambiar a la gente que me rodeaba. Es posible que aquel día diese otro paso hacia lo que significa ser humano.

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5. Madagascar no Kettou
[Duelo en Madagascar]

Hace tres años, fui a Madagascar. Es una pequeña nación en una isla, al este del continente Africano; tiene una extensión de 1,6 veces el tamaño de Japón y una población de 1.600.000 habitantes, aproximadamente.

Viajé allí para un trabajo para la NHK (Emisora de TV japonesa) Cuando me lo propusieron, pensé que podría aprovechar para realizar algún tipo de búsqueda espiritual. Por esa época estaba realmente necesitado de eso.

Era mi segundo año de carrera en solitario. Mientras seguía con mis actividades musicales, buscaba cómo podría encaminarme a lo que deseaba que fuera mi propio estilo.

Fuimos a aldeas donde la “Lucha de Madagascar” y el “Boxeo de Madagascar” eran muy populares.

En serio, era increíble. Cuando llegamos a la aldea, sus habitantes estaban totalmente colocados de marihuana. Y, aún así, gracias a que cada día caminaban muchos kilómetros, acarreaban agua, araban sus campos, ese estilo de vida moldeaba sus cuerpos hasta darles la apariencia de esculturas.

Entre ellos es muy popular un tipo de lucha muy enérgica, donde no usan guantes.

Debe ser por instinto.

La gente forma un círculo en torno a los dos combatientes, y las mujeres y los niños de la aldea actúan de espectadores. Es como un combate entre dos leones, para ver quién se queda con la leona. También es un modo de probar la fuerza de los hombres.

Naturalmente, también había algunos de los participantes que eran insignificantes. Era realmente impresionante. Me sentía aterrado con sólo verlo. La fuerza muscular de los luchadores… Todos los africanos poseen músculos de acero.

Al principio, me limité a mirar. Entonces, el director me preguntó:

– ¿Quieres probar, Gackt-san?

– Cuando dices si quiero probar… ¿quieres decir que vas a obligarme?

Uno de los combates acaba de terminar, así que decidí probar. ¡Quería enfrentarme a una persona de Madagascar!

Unas 100 personas, entre adultos y niños, se reunieron en torno a mí, formando un círculo gigante.

Aquella era la primera vez que hacía algo así. De aquella manera, en medio de gente a la que no conocía, estaba de pie, a solas, rodeado.

También era la primera vez para mí que me tocaba ser el segundo favorito. Desde el fondo de mi corazón, me sentía insignificante. Sin embargo, al mismo tiempo, el corazón me latía a toda velocidad. No tenía modo de huir y, en semejante situación de peligro, me sentía realmente excitado y nervioso.

Me encontraba en el centro de un círculo de arena, lo cual dificultaba la afirmación de los pies y, frente a mí, había 4 o 5 tipos Africanos llenos de vitalidad.

En ese lado, con un tono de voz salvaje y descontrolado, un hombre que parecía como si fuera su entrenador, no hacía más que animar a la gente. En el idioma nativo, decía algo como: “Puedes elegir a quien quieras.”

Yo era un luchador competente. ¿Iba a volverme estúpido? Intercambiamos unas palabras. Miré con fiereza al hombre y le dije:

– ¿No puedes luchar tú conmigo? Quiero enfrentarme a ti.

En ese instante, todos los aldeanos que me rodeaban estallaron en un rugido ensordecedor.

– ¡Puedes hacerlo, entrenador! –gritaban, con los ojos brillantes de excitación.

– ¿Yo?

Viendo sus expresiones faciales, el hombre se despojó de su atuendo. Debajo apareció una piel de un negro puro sin una traza de grasa. ¡Era sin duda un oponente adecuado!

No me extrañó que los aldeanos vitorearan con tantas ganas. No, no, él poseía uno de esos físicos increíbles. No podía compararlo con ningún otro oponente.

Sin embargo, no me retiré. Por encima de la muchedumbre que seguía vitoreando, sentí que se alzaba una extraña tensión.

No conocía realmente las reglas. No se podía dar puñetazos ni patadas, y me explicaron que la única forma de ganar era hacer que la cara o el hombro de la otra persona tocara el suelo.

Fue una explicación muy primitiva. Sin embargo, me bastó. Si lo intentaba, sabría si podía hacerlo o no y, así, lo desafié a un duelo.

Pero, cuando comenzó el Segundo combate, me soltó un puñetazo.

-¡Eh, acabas de decir que no podía golpearte!”

Y entonces, un cambio se provocó en mí. El sentido de batalla que llevaba latente en mi interior, se despertó.

En ese instante, pensé que iba a matar a mi oponente. Fui consciente de una parte de mi propio ser que había olvidado, y estaba preparado para romperle el cuello. Lo tenía justo debajo de mí, retorciéndose. Todos los aldeanos y el árbitro llegaron corriendo, asustados, agarraron mi mano y me detuvieron.

Entonces, el combate terminó. Aunque me habían prometido tres combates, todo terminó después del primero.

Mi oponente estaba también muy agitado y excitado. En cuanto volvió a ponerse en pie, gritó:

– ¡Vamos, otro combate!

– ¿Qué estás diciendo? ¡Casi mueres!

Después vería la filmación de aquel momento una y otra vez. Mis ojos tenían una mirada muy peligrosa. En la oficina, el equipo fue muy severo:

– ¡No podemos dejar que los fans vean esto!

Sin embargo, yo ya lo había confirmado con claridad. Esta era mi verdadera naturaleza.

Creía que esa parte de mí había sido enterrada en lo más profundo de mi ser hacía mucho tiempo. Eso no significa que fuera una persona violenta, sino que tenía que liberar aquella parte espiritual más a menudo.

En aquella época, no soportaba no ser capaz de alcanzar las cosas que perseguía, aquello por lo que luchaba, todo lo que quería crear. Era incluso peor si mis puntos débiles y los peligrosos no iban de la mano.

Cuando tenía diez años, era un compendio de cosas peligrosas.

Sin embargo, antes de darme cuenta, había suprimido las partes peligrosas de mí mismo.

Estaba atado por normas, y era como si hubiera estado aprisionado dentro de una jaula formada por mí mismo. Cada vez que la parte salvaje de mi interior quería aparecer, la ocultaba y, por aquel tiempo, realmente sentía que había restringido aquella parte.

Después del combate, el jefe de la aldea apareció y dijo:

– En esta tierra, en medio de un suelo hostil y tantos espectadores, tú has encontrado la fuerza de dar un paso adelante y luchar este combate. Esta fuerza parte ahora hacia todos los jóvenes que te han visto pelear. Gracias.”

Eso era lo que él pensaba.
Después de aquello, me marché de Madagascar, preguntándome si habría cambiado mucho. Me había vuelto sociable. Era raro ser sociable con otros. Me volví más consciente de la gente que me rodeaba.

Una explicación es que, cada vez que creía que la situación se estaba volviendo peligrosa, me preguntaba a mí mismo si debía entrar en acción o no. Y siempre actuaba de forma más activa de lo que había hecho en el pasado. En cuanto a quién usaba para esto, lo cierto es que me enfrentaba a cualquiera, incluso a mis amigos. Sin embargo, si ese era el caso, había comenzado a darme cuenta de ello recientemente.

Más que restringir mi estilo de vida, estaba matándome a mí mismo al no ser capaz de unificar las partes esenciales y las desagradables dentro de la misma persona. Eso se aplica tanto a mis actividades como a mis obras. Me volvía cada vez más agresivo.

La gente que me rodeaba también había comenzado a cambiar. Cuando regresé de Madagascar, hasta entonces había, por un misterioso capricho del destino, conocido a mucha gente diferente. Ahora, en torno a mí están las personas a las que llamo “mi familia” y están unidos a mí a través de una relación que es mutua.

Creo que esa cosa llamada “destino” es algo que surge de cada individuo, y que nos dirige en todo momento. Mi ser interior cambió, así que, ¿cambió mi destino también?

Cuando el poder de los pensamientos se une al poder de la acción, nace un resultado. Eso es lo que creo.

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SECCIÓN 3
GEKIRYUU [UN RÁPIDO FLUIR]

6. Boku no Family no Tanjou
[El Nacimiento de Mi Familia]

Moriría por mi familia.
A lo que yo llamo “familia” no es mi familia real. Consiste en los amigos con los que mantengo una comprensión mutua.

En la actualidad, mi familia consta de, como mucho, 10 o 15 personas. Tienen trabajos diversos y son tanto hombres como mujeres. Las circunstancias de cómo nos conocimos también son variadas.

Es extraño pero, hasta que fui a Madagascar, no había conocido aún a la mayor parte de ellos. De cualquier modo, son un grupo genial.

De esas 15 personas, la mayor parte de ellas pueden ser consideradas “regentes”. Son los que están en lo más alto de cualquier familia. Algunos de ellos incluso están metidos en política.

Si incluyo la lista completa, tendré un buen número de gente en el grupo. No es cuestión de 1+1=2. Si todos los miembros de una familia conocieran a todos los demás cara a cara, el número se incrementaría de golpe. A esto lo llamamos “la regla de la familia”, aunque es algo bastante misterioso.

Sin embargo, no es esa la razón de que seamos amigos.

La mayoría de la gente que siempre ha estado a mi lado ha luchado casi todas sus batallas en solitario. No es que la gente que esté por debajo de mi no sepa mostrar sus debilidades. También era que tenían la responsabilidad de mantenerse en pie por sí mismos y, lo mires como lo mires, tener que cargar con las vidas de otros te hace madurar mucho.

Desde que inicié mi carrera en solitario, me he vuelto muy consciente de mí mismo y he establecido un hábito de relacionarme con personas que son igualmente conscientes de sí mismas. Todos avanzamos hacia delante. No hay excusa, y no podemos escapar de ello. Si dejo de correr hacia lo que espera al final, entonces ellos también querrán detenerse. En el pasado, siempre creí eso.

Se dice que combatir la vida a solas es lo más fácil.

Pero, últimamente, he pensado en eso muy a fondo. Ciertamente, combatir la vida a solas puede ser lo más sencillo. ¡Sin embargo, aquellos que luchan mientras se aferran a una creencia son verdaderamente fuertes!

En el pasado, hasta que me uní a Malice Mizer, como era una persona luchadora, no me importaba esforzarme hasta el borde del colapso. Y cuando caía, sólo pensaba que, al menos, ya sabía que iba a suceder.
Ahora, sin embargo, ya no hago eso. Porque ya no me enfrento solo a mis batallas. Ahora tengo una familia. Tengo gente a mi espalda, sosteniéndome.
Aunque hubo veces en las que, honestamente, pensé que era yo quien los sostenía a ellos, empecé a sentirme respaldado por ellos. Son las personas que me guardan las espaldas. Así que, si me sostienen con firmeza, nunca caeré.
Creo, ahora, que los corazones de las personas tienen la habilidad de volverse tan fuertes como si llevaran un amuleto protector.
Esa misma sensación tengo hacia las personas más importantes de mi familia.
Mientras, de forma individual, luchaban en soledad, el estar todos juntos en el concepto llamado “familia” les otorga la sensación de que nadie va a devorarlos. Hay familia y hay rivales, y podemos provocarnos los unos a los otros o podemos tener una buena relación.
La razón principal de por qué creo en ellos es que no se preocupan únicamente de las cosas simples y fáciles. Ante lo positivo, sonríen desde el fondo del corazón. Ante lo malo, lo negativo, saben que no es definitivo.
En general, ¿Por qué uno necesita hablar sobre sus preocupaciones y penas? Es porque hablar de ello suaviza el dolor, ¿verdad?
Si lames tus propias heridas, se vuelven sin duda un poco menos dolorosas. Sin embargo, si dejas de lamerlas, el dolor volverá a aparecer.
Así que, aunque duela, debes suturar rápidamente esas heridas. Mientras las estás cerrando, dolerá de veras pero, una vez que todo termine, empezarás a sanar. En otras palabras, es una relación entre nuestros corazones.
Hablar de lo que nos resulta doloroso a cada uno de nosotros, y lamer las heridas de los demás, es algo que la gente que tenemos cerca puede hacer también. Cada vez que alguien esté soportando una pesada carga, lo que importa es lo mucho que podamos ayudar a esa persona a cerrar sus heridas.
Suturar esas heridas puede ser extremadamente doloroso. No hay anestesia, no en las palabras que usamos. Pero, cuando termina, nos curamos sin que queden trazas de cicatrices. Así son las cosas.
Por ejemplo, el negocio que una de las personas de mi familia estaba llevando entró en problemas. No podía contárselo a nadie más. Podría haberlo sobrellevado solo, sin hablar con nadie sobre ello.
Sin embargo, nos comunicó esa noticia. Como habló con nosotros en persona, nos dimos cuenta de lo grave que era el problema. Así que, sin recurrir a nadie más, nos preguntamos de forma individual qué podíamos hacer para ayudarle. Nadie dijo: “Unámonos para ayudarle.” Así que nuestros progresos fueron muy lentos.
No hay sólo una manera de ayudar a alguien. Tienes que elegir cuál es el mejor modo de hacerlo, y es una labor complicada. En su caso, era necesario.

Por supuesto, ¿podemos todos tener éxito al mismo tiempo? Nadie sabe eso. Pero cuando tenemos que preguntarnos eso, no nos quedamos sentados diciendo “pobre chaval”. Eso es una descortesía. Decir “pobre chaval” a alguien que está luchando con todas sus fuerzas no es mostrar compasión. Se dice que la gente se debilita hasta el punto en que ya no le quedan fuerzas y, entonces, se derrumban. Por esta razón, creo, no nos lamemos las heridas mutuamente, y no importa lo que esté pasando, todos debemos salir adelante.
Aunque hay malentendidos. No somos una familia porque cada uno tenga éxito de forma individual. Ese no es un requerimiento para una familia. Lo importante es que, cada vez que algo sucede, tenemos una sincera y mutua comprensión unos con otros, y así todos disfrutamos juntos. Sin embargo, si no creemos los unos en los otros, no podemos fingir.
En mi familia, cuando alguien está pasándolo mal, no me siento junto a esa persona para decirle: “Oh, qué pena que lo estés pasando tan mal.” Sino más bien: “¡Puedes conseguirlo!” Para hacer esto, debo hacerme más fuerte.
Es bueno para todos vivir como si tuviéramos un amuleto protegiéndonos a todos.
Es como cuando alguien está metido en problemas y se saca un amuleto del bolsillo…
Creo que es así como todos deberíamos vivir.

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